lunes, 31 de enero de 2011

Sean Williams: sin rumbo fijo hacia el aro

Sean Williams, una vez que tenía los pies en el suelo

La historia está llena de talento desperdiciado. El baloncesto, también. Hay veces en las que la caprichosa naturaleza se encarga de colocar cuerpos superdotados al servicio de cabezas que no lo son tanto, creando figuras a menudo excéntricas que resultan irremediablemente atractivas para el gran público, que en no pocas ocasiones asiste a la “vulgarización” de un jugador que podría tenerlo todo en su mano.

Afortunadamente, nunca es tarde para ganarse la redención, y ése parece ser el caso que nos ocupa: Sean Williams. Genéticamente creado para la práctica del deporte de la canasta, alberga tras de sí un historia de malas decisiones y problemas extradeportivos que se remonta a su época como jugador del instituto tejano de Mansfield y que complicó sus aspiraciones de cara al pasado draft. La incertidumbre sobre su futuro y lo inédito de sus audiciones para el sorteo universitario, echó atrás a muchos directivos de la liga. El tiempo parece quitarles ahora la razón, pero los antecedentes invitaban, en el mejor de los casos, a la precaución.

El primer capítulo lo encontramos en 2005. En la madrugada del jueves al viernes 21 de mayo, la policía del campus de Boston Collage arrestó a Williams tras recibir el chivatazo de que alguien estaba en el bosque situado junto al Flynn Recreation Complex consagrando su imaginario a la marihuana. Allí le encontró la policía junto a DeJuan Tribble, jugador del equipo de fútbol americano, fumando y consumiendo alcohol, cargos que se vieron agravados por la condición de ambos de menores de 21 años.

Williams, que ya había sido apartado del equipo hasta en dos ocasiones por razones no desveladas, fue puesto en libertad tras reconocer su culpabilidad, fue expulsado durante el primer semestre del curso por la universidad y, por consiguiente, de su programa de baloncesto.

Un programa que, dicho sea de paso, vivía su particular ‘Via Crucis’ con otros casos delictivos en sus filas como los de Akida McLain, Jermaine Watson, Kenny Haley y Mark Bryant, una situación delicada para la que es una de las instituciones universitarias católicas más antiguas de todo el país.

Mientras su entrenador, Al Skinner, se mostraba optimista acerca de su regreso a la disciplina del equipo, Sean Williams continuaba con su carrera académica en la Universidad de Houston (pese a semejante historial, cuenta que la cabeza le funciona bien para los estudios), en el que sería su primera vuelta a casa para tratar de reconducir su rumbo. Pero su presencia en la ciudad tejana no se debió sólo a los vínculos afectivos, sino que iba mucho más allá.

Durante su estancia de 90 días en Houston, asistió al programa de desintoxicación dirigido por el ex NBA John Lucas. Curiosamente, a él han acudido esta temporada los Nets para ayudar a Marcus Williams en su regreso a las canchas tras la lesión que le apartó de los parqués de la liga durante tres meses.

Cumplida la sanción, Sean Williams regresó a la actividad en Boston College con el inicio del segundo semestre. Recibió, además, el aviso de que debería pasar controles periódicos para revisar el consumo de drogas.

Pese a la falta de partidos, este espectacular ala-pívot se convirtió durante el March Madness en una pieza importante para su equipo saliendo desde el banquillo, dejando muestras de su admirable potencial que, sin embargo, no fueron suficientes para evitar la eliminación en el Sweet Sixteen frente a Villanova.

Configurado ya como uno de los jugadores interiores más explosivos del baloncesto universitario, en su temporada junior estaba llamado a ser uno de los atractivos de la pintura colegial gracias al enorme hueco que habría la marcha de Craig Smith a la NBA, pero una vez más, su controvertido comportamiento le jugó una mala pasada.

Tras haber sido suspendido durante los dos primeros partidos de la temporada por violar el reglamento del equipo (tuvo suerte, a su compañero McLain le cayeron nueve), Williams caminaba con paso firme hacia el premio a Jugador Defensivo de Año manteniendo un sensacional promedio de 6 tapones por noche durante sus primeros 15 partidos, que permitían a los “Águilas” marchar primeros de la ACC con un balance inmaculado de 5-0.

Sin embargo, el 17 de enero del pasado año, él y el antes mencionado Akida McLain (que también fue suspendido por comprar con dinero falso la misma semana en la que a Williams le habían ‘cazado’ porro en mano) fueron expulsados de forma definitiva del programa deportivo de Boston Collage.

Pasadas las horas, los medios de comunicación apuntaron hacia la más que posible causa de su expulsión: al parecer, había dado positivo durante uno de aquellos controles anti-droga que la universidad le había obligado a pasar.

Reducidas a la mínima expresión sus posibilidades de continuar con su carrera universitaria, Sean Williams decidió prepararse durante los seis meses que restaban para el draft con John Lucas. De nuevo en Houston, de nuevo en casa para refugiarse de la tormenta y prepararse para su “resurrección” deportiva.

Su salida del circuito colegial, no obstante, no trajo consigo el fin de los escándalos. O, mejor dicho, de las situaciones disparatadas. Continuando con lo que se había dedicado a hacer durante los tres años anteriores, Williams llevó a cabo una política pre-draft cuanto menos desacertada: se negó de entrada a participar en entrenamientos para las franquicias y borró su nombre del Orlando Pre-Draft Camp, que hubiera sido una oportunidad inmejorable para volver a dejarse ver en acción después de medio año alejado de las canchas.

En una iniciativa pintoresca como pocas, era él quien invitaba a los ‘scouts’ de las franquicias a visitarle a Houston para presentar uno de sus entrenamientos en el Fox Gymnasium de la Universidad de Rice, donde se ejercitaba junto al pívot rumano Ionut Dragusín y, cómo no, bajo las órdenes de su inseparable John Lucas. Sólo New Jersey, New York, Charlotte y su Houston natal manifestaron su interés por, esta vez sí, tenerle en sus entrenamientos privados.

Parece imposible dinamitar con semejante denuedo el comienzo de su carrera profesional. A pesar de que proclamaba a los cuatro vientos haber aprendido de los errores del pasado, eran demasiados los que había cometido hasta entonces… y los que seguía cometiendo. No sólo los ‘scouts’, sino también algunos directivos de la liga (entre ellos Danny Ainge), dejaban ver sus reticencias acerca de seleccionar como primera ronda a un jugador con un historial tan conflictivo.

Por fin llegó el día del draft (contó como agente con Charles Grantham, cabeza visible de la Asociación de Jugadores de la NBA durante finales de los ’80 y principios de los 90’), y esta vez no hubo sorpresas. Tras recibir en los días anteriores sucesivos halagos por parte de Rod Thorn, que lo definió como “la presencia defensiva que necesitaba el equipo”, los New Jersey Nets eligieron a Sean Williams con el número 17.

Después de todo, parece que cayó en el equipo perfecto y, lo que es más importante, junto al base perfecto. Williams pasará desde esta temporada a formar parte de la interminable prole de interiores que se vieron beneficiados del don de Mr. Triple Double para conectar con la pintura. Pese a su escasez de aptitudes ofensivas, aúna la movilidad, la explosividad y la capacidad atlética para sembrar el pánico en las zonas rivales gracias al surtidor que pone a su disposición el dorsal número 5.

En defensa, su gran actitud (en ocasiones peca de exceso de motivación) ha logrado desplazar de una vez por todas a Jason Collins, que permanecía impasible en el quinteto titular dada la falta de un interior defensivo de garantías. Su interminable envergadura y su descomunal capacidad de salto le configurar como un extraordinario intimidador. Sin embargo, es precisamente el ardor con que acude al tapón uno de sus principales problemas, al que es preciso sumar los errores de colocación en el rebote.

Y es que, a pesar de gozar de un físico privilegiado, aún no ha aprendido a utilizar sus prestaciones.

Como en la vida, deberá aprender a utilizar la cabeza en cada una de sus acciones si no quiere volver a cometer los mismos errores.

The Gilbert Arenas Provision

Gilbert Arenas siempre ha pensado en la misma persona
 ¿Cómo y por qué surge uno de los más recientes apartados del convenio colectivo en la NBA?

Imagina que tras la marcha del cuatro con más clase que ha conocido este deporte, tu franquicia no para de dar bandazos. Imagina que tras ponerlo en manos del mejor jugador de la historia, la situación no sólo no mejora, sino que el equipo queda hecho unos zorros, disputas internas y mala prensa incluida.

En esta situación se debió encontrar Abe Pollin, propietario de los Washington Wizards durante las últimas cuatro décadas, en el verano de 2003.

Ante tal situación, este “hombre del ladrillo” no tuvo más remedio que ponerse manos a la obra (paradojas de la vida). Y vaya si lo hizo. Y como en el diccionario de todo millonario las palabras “excéntrico” y “socarrón” son ineludibles, Pollin lanzó un órdago a la grande: si durante el verano la situación de la franquicia no mejoraba, devolvería el dinero de los abonos a los abonados del (por entonces) MCI Center.

Como los grandes almacenes del “rasgado anglosajón”: si no queda satisfecho, le devolvemos su dinero. Que a mi me sobra, pensaría.

Enfundado en una camisa de once varas, de las de correas de piel al final de cada manga, nuestro intrépido propietario capitalino se lanzó a la caza y captura de los más codiciados agentes libres.

El agraciado de tal premio no fue otro que el último ganador del premio a la Mayor Progresión del Año. Gilbert Arenas. El base de Arizona recibió en el verano de 2003 una recompensa mayor que un cacharro de cristal: más de 60 millones de dólares para los próximos 6 años. En su camino, dos equipos: Los Angeles Clippers, que trataban de convencer a Elton Brand para seguir guiando al “Hermano pobre”, y los Wizards.

¿Quién no ha oído alguna vez que para llegar a lo más alto tienes que pisar a alguien? Tirado de manual. Esos 60 millones eran más dinero del que Golden State podía soñar con ofrecer. Y es que por entonces los Warriors pagaban tan jugosa como religiosamente a Nick Van Exel y Erick Dampier aún se ganaba su sueldo, por lo que la franquicia de Oakland no podía ofrecer más que la Mid-Level Exception (por entonces algo menos de 5 millones de dólares).

Aquel base descarado que había llegado a la liga con el pelo afro y ganas de revancha, se había convertido en un jugador igualmente desvergonzado, pero con una capacidad anotadora superior y, casualidades de la vida, igualmente excéntrico y socarrón que quien le extendió el contrato.

Un año más tarde, la historia volvió a repetirse. Los Jazz, que habían superado con más dignidad de la esperada la marcha de su matrimonio dorado, buscaban en el verano de 2004 dar un vuelco a su juego interior, protagonizado entonces por dos hombres dotados de la gracilidad de movimientos propia de “El Hombre Bicentenario”, Greg Ostertag y Jarron Collins.

Precisamente gracias al espacio liberado por “Robocop”, junto con el de Tom Gugliotta, adquirido meses antes para tal efecto, Kevin O’Connor, General Manager de la franquicia mormona, pudo convertirse en uno de los villanos del verano.

Sin dejar tiempo para la improvisación, a mediados de julio ya extendió las dos ofertas que nos competen, Mehmet Okur y Carlos Boozer.

Los Pistons, que aún festejaban el anillo conseguido un mes atrás, afrontaban el verano con la trascendental tarea de tener que renovar a Rasheed Wallace. El hombre que les dio el ‘punch’ definitivo para conquistar su tercer título, llegó al verano en calidad de agente libre sin restricciones, por lo que la franquicia de Michigan debía salir al mercado como una más para tratar de retenerlo.

El dinero que se estimaba necesario para lograrlo, dejaba libre sólo la Mid-Level Exception para hacer lo propio con Mehmet Okur. Sin embargo, la oferta de Utah fue mucho más allá: 50 millones por 6 años, algo inalcanzable para Detroit.

Él también terminó mal en Ohio
La hhistoria de Boozer, aunque de idéntico final, estuvo teñida de un mayor dramatismo. Seleccionado en segunda ronda de 2002 (igual que el turco), Cleveland había decidido no extender su Qualifying Offer, llegando a un presunto acuerdo verbal con el jugador para ofrecerle la Mid-Level Exception durante los próximos 6 años.

El acuerdo fue tal hasta que Kevin O’Connor llegó con el billetero rebosante de capitales: cerca de 70 millones por los mismos seis años. Cleveland, que malvivía con tan sólo 4 millones por debajo del límite salarial, no pudo soñar tan siquiera con acercarse a la oferta que había llegado desde Salt Lake City, por lo que tuvo que ver cómo su gran acierto de segunda ronda se marchaba, sembrando a su paso la semilla del odio para los restos en Ohio.

Así pues, y como bien pueden dar fe los Utah Jazz, antes de la firma del convenio colectivo de 2005, las franquicias podían ofrecer a los agentes libres restringidos con uno o dos años en la liga, contratos que sus equipos de origen no podían igualar. Fueron casos como los citados, los que incitaron a la liga a ponerse manos a la obra para contentar a los “desprotegidos” propietarios.

¿La solución? La “Gilbert Arenas Provision”. Por esta cláusula:
  • El contrato que una franquicia ofrezca a un jugador con una o dos temporadas en la liga, no puede ser superior al salario medio. De esta forma, se asegura que las franquicias puedan igualar la oferta hecha por un jugador con la Mid-Level Exception. Además, se impide que los jugadores seleccionados en segunda ronda tengan acceso a contratos millonarios antes que los de primera ronda.
  • De los cinco años de contrato (máximo permitido. Sólo se pueden firmar por seis temporadas los contratos de renovación), sólo el tercero puede contener una subida superior al acostumbrado 8%, y no puede albergar primas de ningún tipo. Así, se evita que tras el primer año, ofrezcan grandes subidas para “engordar” el contrato.
  • Siguiendo la misma línea, los dos años restantes quedan limitados al 6.9% de subida.
  • Si la franquicia decide hacer uso de ese gran incremento salarial a partir del tercer año de contrato, se suma una nueva restricción: no sólo tendrá que hacer hueco en su espacio salarial al primer año de contrato (algo bastante sencillo), sino que tendrá que hacer lo propio con el promedio de millones/año de todo el contrato. De esta manera, si una franquicia cuenta con 5 millones de espacio salarial y quiere usar esta fórmula, podría ofrecer como máximo 25 millones por 5 temporadas.

Así pues, la “Gilbert Arenas Provision” pretende evitar que las franquicias en mejor posición salarial tomen ventaja sobre aquellas que acertaron al elegir en segunda ronda. De la dolorosa pérdida de Gilbert Arenas surgió la norma que impediría que perdieran también a Monta Ellis.

Gracias a Dios, aún quedan hombres que aprenden de los errores, y cada vez son más los equipos que invierten parte de la Mid-Level Exception en firmar a sus jugadores de segunda ronda por tres años. Porque más vale prevenir que perder a Arenas.

domingo, 10 de octubre de 2010

No sabes cuánto te quiero

Falta menos de un segundo para que termine el partido que cierra la eliminatoria. La primera piedra del camino a la gran Final. Hay tiempo muerto y el pabellón se debate en una mezcla de cosquilleo y tensión. Cosquilleo, porque están a punto de vengar la afrenta sufrida hace un año. Tensión, porque en 0.8 segundos todo puede venirse abajo. Otra vez.

El entrenador pide tiempo muerto y comparte confidencias con los dos pilares del equipo. Uno es ÉL, jugador fino, liviano, sensual sobre el parqué. El otro es poco menos que su antítesis, un hombre demasiado… fiero. Competitividad mal encarada. Conversan entre los tres mientras el técnico rival, acostumbrado al éxito en las alturas, tuerce el gesto y mira al marcador.

La renta es corta. Sólo un punto. Pero hay tiempo suficiente para un tiro. El partido ha ido muy igualado y se puede ver a algún que otro dinosausario apoyado sobre sus rodillas, sin resuello, concentrado en busca de un último soplo de aire.

El base rival da las últimas instrucciones a sus subalternos. En sus gestos se nota la culpa. Sabe que el balón que acaba de perder podía haber terminado con todo. Pero el partido continúa, el tiempo muerto termina y el árbitro en la banda llama al orden.

Sacan los visitantes, por si no se había notado por los rugidos de unas 20.000 personas en pie, exaltadas ante lo inesperado. Ellos son la primera barrera a superar. No ha sonado el silbato y ya empieza el movimiento frenético en la pintura. Desfile de empujones. Está a punto de sacar y queda menos un segundo para que este infierno acabe.

La jugada es para ÉL, que aprovecha los bloqueos de sus compañeros para salir a la zona de tres y recibir. Apenas ha tocado el cuero y ya bota para castigar a su par. Ha llegado tarde y sus esfuerzos torpes no son suficientes para pararle. La ayuda del base tampoco sirve. Queda muy poco como para jugarse el futuro con una falta estúpida.

Balón agarrado y zancada con la izquierda. Recoge la derecha y encara. Toma impulso y salta. Poco a poco extiende el brazo derecho. Primero estira el codo y el movimiento llega a la muñeca. El mejor momento. La palma sólo acompaña, no decide y el balón poco a poco se separa de los dedos.

Tacto de pianista. Acaricia el balón con las yemas y se despide. Es duro separarse, y por eso sigue su trayectoria. Planta los pies y vuelve a saltar. Por si hay rebote. Pero el balón va a entrar.

Y tan pronto como lo hace le lanza un beso.

Te quiero.

Así es el baloncesto.